Entre libros, desiertos y minaretes

Crónica de un año de árabe en Egipto

Un año de estudio, vida comunitaria y preparación misionera en Alejandría.

El 18 de febrero comenzamos un nuevo curso en nuestra Escuela de Lengua Árabe de Alejandría. Este año nos encontramos reunidos en lo que llaman “el Loran” en Alejandría misioneros del Instituto del Verbo Encarnado provenientes de Argentina, Surinam, Brasil, Colombia, Estados Unidos e Italia. Seis países, distintas lenguas maternas y una misma empresa: aprender árabe para poder anunciar el Evangelio en las tierras donde esta lengua es el medio ordinario de comunicación.

La tarea no es pequeña. El árabe tiene un alfabeto propio, sonidos que nuestras gargantas occidentales no siempre consiguen reproducir y una gramática que, por momentos, parece empeñada en poner a prueba la virtud de la paciencia. A esto se añade una particularidad: mientras en las clases estudiamos el árabe clásico, en las calles de Alejandría se habla el dialecto egipcio. De modo que uno puede salir de clase satisfecho por haber aprendido una construcción gramatical y descubrir, cinco minutos después, que todavía no consigue entender al vendedor de la esquina.

Pero así comienza toda misión: aprendiendo, escuchando y aceptando humildemente que, durante algún tiempo, habrá que hablar menos de lo que uno quisiera.

Aprender la lengua, conocer la misión

Apenas comenzado el curso, en el mes de marzo, tuvimos la oportunidad de participar en las Jornadas de las Familias organizadas por nuestros misioneros en Egipto. Fue una de las primeras experiencias apostólicas del año y, sin duda, una de las más enriquecedoras.

Aunque nuestros conocimientos de árabe eran todavía muy elementales, pudimos colaborar en todo aquello para lo que no hacía falta dominar el idioma: la organización de los juegos, la cocina, el servicio, los equipos de sonido, la preparación de la liturgia y tantas otras tareas que exige un encuentro de estas características.

Fue especialmente hermoso ver a nuestros misioneros en plena actividad apostólica, predicando, organizando, conversando con las familias y atendiendo sus necesidades con una naturalidad que nosotros todavía estamos lejos de alcanzar. Escucharlos desenvolverse en aquella lengua que para nosotros seguía siendo poco menos que indescifrable fue, al mismo tiempo, motivo de admiración y estímulo para continuar estudiando.

También tuvimos ocasión de conocer a familiares de algunos religiosos y religiosas, compartir momentos con ellos y acercarnos un poco más a la realidad de las familias cristianas de Egipto.

Comprendimos entonces algo que no se aprende en los manuales: la lengua no es el fin de nuestra preparación, sino el instrumento que nos permitirá llegar a las almas. Por eso, estas experiencias apostólicas no son una interrupción del curso, sino una parte indispensable de nuestra formación.

La Semana Santa en Alejandría

La Semana Santa la celebramos en nuestra casa de Loran, en Alejandría, junto con las religiosas y aspirantes de nuestra Familia Religiosa.

Las ceremonias se desarrollaron principalmente en español, aunque procuramos introducir algunas partes en árabe, según nuestras posibilidades. Fueron pequeños pasos, pero significativos. No es lo mismo repetir una frase en clase que pronunciarla ante el altar, dentro de la celebración litúrgica. Las palabras que hasta entonces habíamos estudiado en los libros comenzaban a encontrar su lugar en nuestra vida sacerdotal.

En una tierra donde los cristianos son minoría, celebrar los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor adquiere también una resonancia particular. La Iglesia egipcia posee una historia antiquísima, marcada por el testimonio de los mártires, la vida de los grandes Padres de la Iglesia y el nacimiento del monacato cristiano. Vivir aquí la Semana Santa nos recuerda que no hemos llegado a una tierra extraña al cristianismo, sino a una de sus patrias más venerables.

En la montaña de Moisés

Entre las experiencias más memorables del año estuvo nuestra peregrinación al monte Sinaí.

Después de la subida nocturna, pudimos celebrar la Santa Misa al amanecer, en medio de aquel paisaje austero y majestuoso. Es difícil describir la impresión que produce contemplar cómo la primera luz va descubriendo lentamente las montañas del desierto, mientras uno se dispone a celebrar el Santo Sacrificio.

Según la tradición allí Moisés recibió la revelación divina y las tablas de la Ley. Allí resuena de manera especial el recuerdo de la Alianza que Dios estableció con su pueblo.

Para nosotros, sacerdotes, fue una ocasión privilegiada para meditar sobre la grandeza de nuestra vocación. Moisés subió al monte para encontrarse con Dios y recibir su palabra; nosotros también necesitamos subir, de alguna manera, por encima del ruido y las ocupaciones de cada día para escuchar al Señor y poder transmitir después su palabra a los hombres.

Un verano de apostolado

Al llegar el verano, las clases hicieron una pausa y los sacerdotes nos distribuimos en distintos destinos para realizar trabajos pastorales.

Algunos viajamos a los Estados Unidos para participar en las llamadas Mission Appeals, campañas de predicación y ayuda a las misiones que se realizan en distintas parroquias. Otros sacerdotes desarrollaron su apostolado en Italia y Holanda.

Estos meses constituyen una parte fundamental de nuestra vida misionera, por varios motivos.

El primero es estrictamente sacerdotal. Durante el año académico, nuestra actividad apostólica se encuentra necesariamente limitada. Dedicamos muchas horas al estudio del idioma y todavía no poseemos la soltura suficiente para predicar, confesar o ejercer habitualmente otros ministerios en árabe. Además, vivimos en un país de mayoría musulmana, donde las circunstancias del apostolado son muy distintas de las que conocemos en nuestras tierras de origen.

Por eso, las vacaciones de verano nos ofrecen una oportunidad preciosa para volver a ejercer más intensamente el ministerio sacerdotal: celebrar la Santa Misa con los fieles, predicar, escuchar confesiones, visitar familias y colaborar en la vida de las parroquias. Después de tantos meses dedicados a las declinaciones, las conjugaciones y el vocabulario árabe, volver al confesionario y al púlpito es una verdadera alegría.

Pero estos viajes tienen también otra finalidad, no menos importante: dar a conocer nuestra misión y procurar los medios necesarios para sostenerla.

En las parroquias que nos reciben podemos contar cómo vive la Iglesia en Egipto, cuáles son las dificultades de nuestra tarea y por qué es tan importante preparar sacerdotes capaces de hablar árabe y misionar en Medio Oriente. Descubrimos con frecuencia un sincero interés por estas tierras y por las posibilidades de apostolado que se abren a nuestros misioneros.

Y, sobre todo, encontramos personas que prometen rezar por nosotros. No es una ayuda secundaria. Sabemos muy bien que una misión no se sostiene solamente con el esfuerzo de quienes trabajan en ella, sino también con las oraciones y sacrificios de tantos bienhechores que, sin haber pisado nunca Egipto, participan verdaderamente de nuestra labor apostólica.

Junto con esta ayuda espiritual recibimos también donativos económicos, indispensables para mantener nuestra comunidad y nuestra escuela. La formación de un sacerdote misionero exige años de estudio, alojamiento, alimentación, materiales y tantos otros gastos ordinarios. Como nuestra dedicación principal durante el año es el aprendizaje de la lengua, estos trabajos pastorales del verano nos permiten reunir buena parte de los recursos con los que debemos vivir hasta las siguientes vacaciones.

De esta manera, el verano termina siendo una combinación muy provechosa de ministerio sacerdotal, difusión de la misión y confianza en la Providencia. Regresamos con la alegría de haber podido ejercer nuestro sacerdocio, con nuevos amigos y bienhechores, y con los medios que Dios nos concede para continuar nuestra formación.

De regreso a Egipto: ejercicios de fraternidad y escuela del desierto

Una vez reunidos nuevamente en Alejandría, pudimos realizar nuestra convivencia sacerdotal, unos días dedicados a fortalecer la vida comunitaria, que vendría siendo nuestra misión y santificación cotidiana.

La vida en común es también una escuela. Si el árabe nos enseña paciencia con los libros, la convivencia nos enseña la caridad con las personas. Y ambas virtudes son igualmente necesarias para un misionero.

Después tuvimos un breve curso dedicado a la vida y doctrina espiritual de san Carlos de Foucauld, figura especialmente significativa para quienes nos preparamos a trabajar en tierras de mayoría musulmana.

Su vida nos recuerda que la misión comienza por la presencia, la oración, la caridad y el testimonio radical de la entrega a Dios. Antes de pretender hablar a los demás de Jesucristo, el misionero debe procurar que su propia vida hable de Él.

Concluimos este curso con una peregrinación a los monasterios de San Antonio Abad y San Pablo, el primer ermitaño, situados en el desierto oriental de Egipto, cerca del mar Rojo.

Visitar estos lugares es entrar en contacto con los orígenes mismos de la vida monástica. San Antonio, considerado tradicionalmente padre de los monjes, se retiró al desierto en busca de una vida de oración, penitencia y unión con Dios. San Pablo de Tebas representa también aquella primera generación de cristianos que, abandonándolo todo, buscaron en la soledad la intimidad con el Señor.

Resulta admirable pensar que, tantos siglos después, sus monasterios continúan siendo lugares de oración y vida religiosa. El desierto egipcio, que para muchos no es más que una extensión de arena y montañas, fue para innumerables santos una verdadera escuela de perfección cristiana.

También nosotros, aunque nuestra vocación sea eminentemente apostólica, tenemos mucho que aprender de aquellos antiguos monjes: el amor al silencio, la perseverancia en la oración, la austeridad de vida y, sobre todo, la búsqueda de Dios por encima de todas las cosas.

Otra vez al Sinaí

Antes de retomar plenamente las clases, tuvimos ocasión de subir nuevamente al monte Sinaí, esta vez durante el verano.

La segunda peregrinación nos permitió volver sobre los grandes acontecimientos de la historia sagrada vinculados tradicionalmente a esta montaña.

Aquí recordamos a Moisés ante la zarza ardiente, cuando Dios le reveló su nombre. Recordamos también la llegada de Israel al desierto del Sinaí después de la salida de Egipto, la manifestación de Dios entre truenos y fuego, la entrega del Decálogo y la constitución de Israel como pueblo de la Alianza.

También viene a la memoria el profeta Elías, quien, después de su lucha contra la idolatría, caminó hasta el Horeb, el monte de Dios, donde el Señor se le manifestó no en el viento impetuoso, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en el susurro de una brisa suave.

Son páginas de la Escritura que hemos leído y meditado tantas veces y que, al encontrarnos en aquellos parajes, adquieren una fuerza particular.

El desierto conserva algo de aquella pedagogía divina: obliga al hombre a reconocer su pequeñez, le quita muchas de sus seguridades y lo invita a levantar los ojos hacia Dios.

Esta vez, además, el calor del verano nos ayudó a comprender un poco mejor ciertas quejas de los israelitas durante su peregrinación. No pretendemos justificarlas todas, pero después de caminar por aquellas montañas uno empieza a mirar con cierta simpatía el episodio del agua que brotó de la roca.

Volver a los libros, con renovado entusiasmo

Terminadas las actividades del verano, retomamos nuestras clases de árabe en Alejandría.

Nos encontramos ya cerca de concluir nuestro primer año de estudios y, gracias a Dios, podemos reconocer los frutos del trabajo realizado.

Aquellas letras que en febrero parecían un conjunto de signos misteriosos son ahora nuestras compañeras de todos los días. Hemos avanzado en la lectura, la gramática, el vocabulario y la comprensión de la lengua. Todavía nos queda muchísimo por aprender, pero comenzamos a experimentar la satisfacción de poder utilizar aquello que estudiamos.

Uno de los avances más importantes es que ya podemos celebrar la Santa Misa en árabe. También estamos comenzando a incorporar algunas oraciones en esta lengua a nuestra vida cotidiana y comunitaria.

Puede parecer un progreso modesto para quien nunca ha tenido que aprender árabe. Para nosotros, en cambio, es motivo de verdadera alegría. Detrás de cada oración pronunciada correctamente hay muchas horas de clase, ejercicios, repeticiones y correcciones pacientes de nuestros profesores.

Ellos están contentos con nuestros avances, y nosotros también. Aunque sospechamos que todavía tendrán abundantes ocasiones para ejercitar la paciencia antes de que consigamos hablar con la soltura que deseamos.

Una inversión para el futuro de la misión

Al mirar hacia atrás y recordar estos meses, damos gracias a Dios por todo lo vivido.

No ha sido solamente un año de clases. Ha sido un tiempo de formación sacerdotal y misionera, de conocimiento de la Iglesia en Egipto, de encuentro con sus tradiciones cristianas, de vida comunitaria, de peregrinaciones y de experiencias apostólicas.

Aprender una lengua exige tiempo. Y aprenderla para predicar el Evangelio exige, además, una razón sobrenatural que sostenga el esfuerzo cotidiano.

Cada palabra nueva, cada página estudiada y cada dificultad vencida forman parte de una preparación que mira hacia el futuro. Esperamos que, con la gracia de Dios, los sacerdotes que hoy pasamos tantas horas en las aulas podamos mañana predicar, confesar, enseñar el catecismo, acompañar a las familias cristianas de Medio Oriente en su propia lengua.

Por eso estamos convencidos de que sostener la formación lingüística de un misionero es colaborar con muchos años de apostolado futuro. Los frutos de este esfuerzo no siempre se ven inmediatamente, pero se prolongarán, Dios mediante, mucho más allá de nuestra permanencia en la escuela.

Agradecemos de corazón a nuestros profesores, a las comunidades que nos han recibido durante el verano y a todos los amigos y bienhechores que hacen posible nuestra vida y formación en Egipto.

Y a los jóvenes que se preparan en nuestros seminarios les decimos que no tengan miedo de estas tierras ni de sus dificultades. La misión exige sacrificios, ciertamente, pero ofrece también alegrías que difícilmente se encuentran en otra parte. Hay mucho por hacer, mucho por aprender y muchas almas que ganar para Cristo.

Esta vez nos hemos extendido un poco más de lo previsto. Tenemos la excusa de que había muchas cosas que contar y hacía tiempo que no dábamos noticias. Pero prometemos, de aquí en adelante, comunicarnos con mayor frecuencia, lo que tendrá, entre otras ventajas, la de permitirnos ser más breves.

Les agradecemos de corazón que nos acompañen en nuestra misión y les pedimos que no se olviden de nosotros en sus oraciones. Por nuestra parte, también los recordamos en el altar, especialmente a todos aquellos que, con su generosidad y sus sacrificios, hacen posible nuestra formación.

¿Y qué nos deparará el próximo año? Tenemos muchos proyectos, algunas esperanzas y no pocas incertidumbres. Pero, como dicen por estas tierras, الله أعلم (Allāhu aʿlam), «¡Dios sabe más!»

Un año en imágenes

Momentos de la vida comunitaria, celebraciones y encuentros durante nuestro primer año en Egipto. Seleccioná una fotografía para verla ampliada.